sábado, 6 de abril de 2013


Morelia, Michoacán. Octubre de 2012.

 
 
 
APÉNDICE

 

Todos los personajes de la novela son reales; nadie mejor que el autor sabe el lugar exacto de la memoria, donde deambulan. Se ha hablado del ars combinatoria del poeta, así como del horror vacui del pintor. Ambos atributos son igualmente arbitrarios; el autor elige la brecha simuladora para referir una simulación más profunda, compartida por todos. Pocas veces se acepta que la escritura es reveladora de esa simulación, esa máscara inútil; tarde o temprano la vida termina copiando a la novela. Lo comúnmente aceptable es un texto complaciente, por lo que hemos de ver con frecuencia toda una época transcrita como una muestra de la determinante que es el tiempo, aunque hay otro tiempo en la novela, que no transcurre sino de manera simbólica, ubicua, ilógica, y en el que todo se vuelve mítico, origen del origen. Allí es donde se prueba el escritor.

 

Mientras se cierra el final de la novela, que es el principio de Crisálidas, un nuevo texto, ha transitado el poder público hacia la derecha en el estado. Ello garantiza la continuidad de la violencia por los mismos medios y por otros. Por otra parte, creer que ha brotado esa violencia de manera espontánea es ilusorio, como ilusorio es que este país se encamina hacia un desarrollo social previsible y auspicioso. La polarización cada vez más aguda de la miseria y la opulencia impiden aventurar nada que no se parezca a una catástrofe en todo orden. La indisimulable presencia del poder del Vaticano vuelve más punzantes las contradicciones entre los desposeídos y lo que antiguamente llamábase oligarquía. Bajo el Nuevo Orden Mundial nos espera el caos absoluto, una necesaria demolición de lo establecido; cuánto tardará en llegar no puede pronosticarlo nadie, aunque en el aire puede percibirse.

 

Escribir La Casa en el Bosque es y no es un acto de exorcismo que -como auto de fe- se mantiene firme sobre el eje de una doble ausencia: la figura del padre y la del amor, encarnado en Mirena. La pérdida de realidad que supone esta ausencia va llenándose con las confesiones del Dragón. Una anotación pertinente del mundo mítico de ahora, eso es un dragón. El autor quiere darle vida a un ser distante, torpe en su relación con el presente, por lo que termina encaminándose a donde otros meditan en un mundo posible, quizá con la secreta intención de quedarse a vivir a pesar de lo vivido. Pérdidas es de lo que habla el Dragón. Lo que hace que se dirija a un nuevo centro gravitacional de su existencia es la experiencia con Tsering, personaje apenas esbozado pues forma parte precisamente del presente, ese tiempo sin tiempo, esa amplitud que cabe en la punta del punzón para grabar en la placa el aguafuerte.

Al principio pudo llamarse Aguafuertes la novela, salvo que este nombre pertenece al poemario que se cita ya en uno de los capítulos. Consciente de que a nadie interesan los detalles de la vida de nadie –y para ello hay calendarios con la vida de los santos, los héroes o los villanos y hasta de las mascotas- el autor ha otorgado nuevos nombres a quienes pareciera forman parte de su biografía. Los más avispados verán cierta saga de una ciudad plagada de vacíos, como todas, en la que la gente despierta un día con la noticia de que han puesto bombas entre la muchedumbre la noche del 15 de septiembre; a partir de entonces el aire es amargo en Morelia y toda expectativa de vida se funda en un destino incierto que muchos preferimos sustituir por la Internet.

 

Las introspecciones del personaje principal, la voz en off que decide escribir una novela es necesariamente la voz del autor, de un autor posible. No hay crítica social en el texto. La mención al viejo Cárdenas en meramente topográfica y los escasos diálogos se inscriben en la más pura tradición coloquial, como un guiño al lector y sólo eso.

La imagen de la Crisálida es la de la escritura, aunque tiene su correlato en la obra plástica del mismo nombre, work in progress; es una serie de cuadros de gran formato, pintados al óleo sobre lienzo. Hay que mencionar que el autor es artista plástico, dibujante y grabador. Evocar la crisálida nos liga con el mundo autónomo de las mariposas y los seres “pequeños”. Con frecuencia obviamos esos mundos o los relegamos a último término, injustamente. En la crisálida, como en el mundo vegetal, hay una sabiduría inadvertida que tardaremos en asimilar, antropocéntricos como somos. Nuestra especie no piensa como especie (rasgo que hemos perdido a lo largo de la evolución); sería trágico y paradójico llegar a la conclusión de que evolucionamos en dirección a la extinción. El amor no es suficientemente lúcido para permitirnos entrar en otras esferas de comprensión. Luego, la crisálida anticipa otra escritura, desligada ya de la fenomenología de los personajes; emanada de la pintura, la imagen del capullo es esperanzadora, al menos esa es la intención subyacente en La Casa en el Bosque.

 

Cierto, esta novela es la vida en palabras, cernida por el cedazo de la experiencia amorosa, inaugurada por la niña Mirena, en la niñez, al abrirle a Dragón los ojos a la maravilla de estar vivo, despierto y deseante. No obstante no es solamente su vida sino la de muchos otros que ofrecen su imagen especular y permiten por ello ensayar una otredad pausada que permita adivinar otras caras del diamante, ese cuerpo en el que todos cabemos. No podremos reclamarle a Vallejo porqué escribe Los Heraldos Negros si no hemos leído con atención su poema.

 

Tal vez se reúnan el amor y Dragón, tal vez no, en cualquier ciudad. Lo único seguro es que con los días irá definiéndose más y más el perfil humano definitivo de los personajes de La Casa en el Bosque, con la intensidad con que el autor vio, vivió, escribió.

Hay otra pista para disfrutar la novela: la consulta al I’Ching; tiras tus monedas como soltar los dados, anotas las líneas que van resultando y al final tienes un exagrama. Si obtienes un oráculo propicio como Ch’ieng, estás en el camino, si obtienes un oráculo temible y cierto como Feng, también estás en el camino. Si hay un ars combinatoria digna de nuestra atención es ese libro milenario, tan viejo o más que el Popol Vúh, otro libro que habría que dejar en el buró al lado de la cama.

 

Y esperar. A Dragón le tocará esperar, mientras va despojándose del fuego que abrasa su lengua, de sus alas inútiles y de sus vuelos nocturnos. La Rueda de la vida traerá de regreso al niño que fue, o no lo traerá.

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