sábado, 6 de abril de 2013


Morelia, Michoacán. Octubre de 2012.

 
 
 
APÉNDICE

 

Todos los personajes de la novela son reales; nadie mejor que el autor sabe el lugar exacto de la memoria, donde deambulan. Se ha hablado del ars combinatoria del poeta, así como del horror vacui del pintor. Ambos atributos son igualmente arbitrarios; el autor elige la brecha simuladora para referir una simulación más profunda, compartida por todos. Pocas veces se acepta que la escritura es reveladora de esa simulación, esa máscara inútil; tarde o temprano la vida termina copiando a la novela. Lo comúnmente aceptable es un texto complaciente, por lo que hemos de ver con frecuencia toda una época transcrita como una muestra de la determinante que es el tiempo, aunque hay otro tiempo en la novela, que no transcurre sino de manera simbólica, ubicua, ilógica, y en el que todo se vuelve mítico, origen del origen. Allí es donde se prueba el escritor.

 

Mientras se cierra el final de la novela, que es el principio de Crisálidas, un nuevo texto, ha transitado el poder público hacia la derecha en el estado. Ello garantiza la continuidad de la violencia por los mismos medios y por otros. Por otra parte, creer que ha brotado esa violencia de manera espontánea es ilusorio, como ilusorio es que este país se encamina hacia un desarrollo social previsible y auspicioso. La polarización cada vez más aguda de la miseria y la opulencia impiden aventurar nada que no se parezca a una catástrofe en todo orden. La indisimulable presencia del poder del Vaticano vuelve más punzantes las contradicciones entre los desposeídos y lo que antiguamente llamábase oligarquía. Bajo el Nuevo Orden Mundial nos espera el caos absoluto, una necesaria demolición de lo establecido; cuánto tardará en llegar no puede pronosticarlo nadie, aunque en el aire puede percibirse.

 

Escribir La Casa en el Bosque es y no es un acto de exorcismo que -como auto de fe- se mantiene firme sobre el eje de una doble ausencia: la figura del padre y la del amor, encarnado en Mirena. La pérdida de realidad que supone esta ausencia va llenándose con las confesiones del Dragón. Una anotación pertinente del mundo mítico de ahora, eso es un dragón. El autor quiere darle vida a un ser distante, torpe en su relación con el presente, por lo que termina encaminándose a donde otros meditan en un mundo posible, quizá con la secreta intención de quedarse a vivir a pesar de lo vivido. Pérdidas es de lo que habla el Dragón. Lo que hace que se dirija a un nuevo centro gravitacional de su existencia es la experiencia con Tsering, personaje apenas esbozado pues forma parte precisamente del presente, ese tiempo sin tiempo, esa amplitud que cabe en la punta del punzón para grabar en la placa el aguafuerte.

Al principio pudo llamarse Aguafuertes la novela, salvo que este nombre pertenece al poemario que se cita ya en uno de los capítulos. Consciente de que a nadie interesan los detalles de la vida de nadie –y para ello hay calendarios con la vida de los santos, los héroes o los villanos y hasta de las mascotas- el autor ha otorgado nuevos nombres a quienes pareciera forman parte de su biografía. Los más avispados verán cierta saga de una ciudad plagada de vacíos, como todas, en la que la gente despierta un día con la noticia de que han puesto bombas entre la muchedumbre la noche del 15 de septiembre; a partir de entonces el aire es amargo en Morelia y toda expectativa de vida se funda en un destino incierto que muchos preferimos sustituir por la Internet.

 

Las introspecciones del personaje principal, la voz en off que decide escribir una novela es necesariamente la voz del autor, de un autor posible. No hay crítica social en el texto. La mención al viejo Cárdenas en meramente topográfica y los escasos diálogos se inscriben en la más pura tradición coloquial, como un guiño al lector y sólo eso.

La imagen de la Crisálida es la de la escritura, aunque tiene su correlato en la obra plástica del mismo nombre, work in progress; es una serie de cuadros de gran formato, pintados al óleo sobre lienzo. Hay que mencionar que el autor es artista plástico, dibujante y grabador. Evocar la crisálida nos liga con el mundo autónomo de las mariposas y los seres “pequeños”. Con frecuencia obviamos esos mundos o los relegamos a último término, injustamente. En la crisálida, como en el mundo vegetal, hay una sabiduría inadvertida que tardaremos en asimilar, antropocéntricos como somos. Nuestra especie no piensa como especie (rasgo que hemos perdido a lo largo de la evolución); sería trágico y paradójico llegar a la conclusión de que evolucionamos en dirección a la extinción. El amor no es suficientemente lúcido para permitirnos entrar en otras esferas de comprensión. Luego, la crisálida anticipa otra escritura, desligada ya de la fenomenología de los personajes; emanada de la pintura, la imagen del capullo es esperanzadora, al menos esa es la intención subyacente en La Casa en el Bosque.

 

Cierto, esta novela es la vida en palabras, cernida por el cedazo de la experiencia amorosa, inaugurada por la niña Mirena, en la niñez, al abrirle a Dragón los ojos a la maravilla de estar vivo, despierto y deseante. No obstante no es solamente su vida sino la de muchos otros que ofrecen su imagen especular y permiten por ello ensayar una otredad pausada que permita adivinar otras caras del diamante, ese cuerpo en el que todos cabemos. No podremos reclamarle a Vallejo porqué escribe Los Heraldos Negros si no hemos leído con atención su poema.

 

Tal vez se reúnan el amor y Dragón, tal vez no, en cualquier ciudad. Lo único seguro es que con los días irá definiéndose más y más el perfil humano definitivo de los personajes de La Casa en el Bosque, con la intensidad con que el autor vio, vivió, escribió.

Hay otra pista para disfrutar la novela: la consulta al I’Ching; tiras tus monedas como soltar los dados, anotas las líneas que van resultando y al final tienes un exagrama. Si obtienes un oráculo propicio como Ch’ieng, estás en el camino, si obtienes un oráculo temible y cierto como Feng, también estás en el camino. Si hay un ars combinatoria digna de nuestra atención es ese libro milenario, tan viejo o más que el Popol Vúh, otro libro que habría que dejar en el buró al lado de la cama.

 

Y esperar. A Dragón le tocará esperar, mientras va despojándose del fuego que abrasa su lengua, de sus alas inútiles y de sus vuelos nocturnos. La Rueda de la vida traerá de regreso al niño que fue, o no lo traerá.

 
 
 
CAPÍTULO XV

 

Facebook/mayo/2012.

 

En redes sociales deambulan las noticias de la violencia policíaca sobre los jóvenes universitarios. La indignación, la ira, el reclamo; algunos contactos anotan su aniversario en el perfil, otros su religión y otros nada tienen que decir de sí mismos y escriben desparpajados. Hay los que escriben su búsqueda de pareja, mujeres o  simple diversión.

El mundo virtual ha cambiado nuestra cotidianidad, instalándose aún trémulo en nuestras vidas, como alguna vez lo hizo el teléfono, el automóvil. Como una gelatina, brillante, colorida, el engendro de las redes sociales cunde como un intruso que se ha quedado a vivir aquí, trastocando el aliento vital a cambio de una ilusión más: abarcar el mundo, estrechar los márgenes entre los que se ha reducido la distancia interpersonal, poniendo en riesgo la intimidad de los seres. Hemos accedido a ser los actores de un drama en el que somos director, escenario, actor y expectador, todo a la vez. Tal simultaneidad provoca vértigo, y no dudes amor, que muchos se pierdan en esta era de la instantaneidad.

Despliegas el monitor y se abre la Web. Dentro de la Web el e-mail, correo electrónico. Cuando estuve en Taiwán los artistas me dieron su e-mail (yo aún no tenía computadora en 1997). Qué es esto, me decía, observando el código de acceso para enviar o recibir comunicación de texto, fotos, enlaces, etc.

 

 

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Cuando Esmeralda desapareció de mi vista no habían aún pavimentado la calle. Ese día ella se acercó a mí para despedirse; estuve largo rato viendo al suelo, había llovido por la noche y la calle tenía charcos ya verdes por el estancamiento, con renacuajos y polvo. Se acercó y me dijo ya me voy. No, respondí, no, no, no. Comencé a llorar y no pude verla a la cara. Llevaba tacones, luego de andar con sandalias todo el verano. Transfigurada, no la pude ver. No, no, no, no, dije a lo largo de los días. Pasaron treinta y ocho años y poco a poco fue apagándose en mi pecho el optimismo, el deseo de ser más, el ímpetu de ir hacia aquella niña que tenía en los ojos resplandecientes, alegres, la facultad de desnudar mi espíritu. A los dieciséis eso es todo. Luego llegó el otoño, dilatado, como una película muda y sin color. Qué es el amor, una vez que te ha dibujado una herida que no cierra de tan honda. Te han brotado espinas en la palma de la mano y no podrás posarla en ninguna parte sin herir a otros. Cómo fue, Dragón. Estabas viendo la danza de las horas en el firmamento cuando vino ella y fijó el más dulce veneno entre tus células al pronunciar tu nombre de pila, con la voz atenuada en la tarde y ya no volviste a ser el mismo, ya no tuviste ninguna respuesta con qué salir de ese suelo cada vez más pantanoso en el que te hundirías hasta el cuello. Gritaste y nadie te escuchó. Lloraste y no había cómo enjugar el llanto. Apretaste los puños y era totalmente oscuro alrededor. Amor, amor, cómo es que te has ido. Así te encontraría la muerte de tu padre y la sórdida distancia entre una ciudad empobrecida por la ausencia y un puerto donde el mar se tragaba todo tu estupor, tu entraña dolorida, tu juventud. Casi un niño, entraste en la noche más larga de tu vida, donde no había sino adivinar los límites, la orilla que parecía segura, el rumor de la sangre en el silencio abrumador de tus dieciséis años clavados en un desierto que tenías que cruzar.

 

 

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 Papá se fue seis años después; yo estaba en el puerto, sin poder regresar. Padre, volveré de inmediato, le había dicho. Y no volví, amor. No volví. Fue el año en que tal vez esperabas ver cumplida la promesa del muchacho enamorado. Sabías de mi adoración por ti, por tu cuerpo, tu aspiración de una vida sin pobreza, limpia, sencilla y profundamente amorosa. Mas no fue así; regresé un año después, ya sin encontrarlo.

Luego fue vagar, dejarse llevar, meterse en el río que arrastra cuanto encuentra a su paso, limándome los años hasta quedar exhausto. Me casé, tuve dos bellos hijos, trabajé hasta el vértigo… y casi muero agotado, en silencio, preguntándome dónde podrías estar, qué había sido de ti ahora que las cosas ya no eran iguales para nadie, con un país incendiado por el odio y la miseria, con una ciudad tristísima, hundida en la desesperación y la pérdida de confianza en un tiempo benigno.

Calladamente, afiné mis herramientas, las que descubrí para labrarme un mundo en el que estuvieras presente cada día, recordando los pétalos de la flor, fijándolos empeñosamente, deseando que ya no te fueras más, trasmutando la flor misma en oasis, sombra fresca para descansar de vez en cuando (la flor entonces fue el retrato que no pude trazar de tu adorable rostro) y las palabras que no escuchaste porque el llanto arrasaba con todo, llorar me parecía el único gesto con que desafiar el tiempo que pasaría apartado de tus pasos. Y me quedé con eso: escribir y pintar. Dejé la Universidad porque no tenía para mí nada. Cualquiera podía ser médico, abogado, ingeniero. Yo quería ser algo más que eso, mucho más que eso y volar hasta ti, refugiarme bajo el ala de tu risa, seguirte el andar hasta el fin de mis días. No tenía más que las flores saliendo de la punta del lápiz como una emanación de mi silencio. Las palabras entonces fueron acudiendo, hasta que el muchacho tímido aprendió a tomarlas como suyas, a resistir lo que sobrevendría.

 

 

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Te levantas. Se ha ido hace casi medio año la sombra con quien vivías, bien o mal. Preparas café, guisas un huevo, sales a comprar tortillas. Desayunas. Enciendes la PC y se va desplegando la Internet. Das los buenos días a todos. Y checas las notificaciones. Una en especial te llama la atención: Ha aceptado. Esperas que sea la misma. Abres su perfil. Es ella… Por un segundo la casa da vueltas y te sostienes de la esquina del escritorio. Vienen las lágrimas, caballos salvajes de las diez de la mañana. Dulce amor que regresas trayendo el aire húmedo de mayo. Has llegado. vienes a romper el hilo de los días. Otro es el tiempo, otra la sed, otra la risa. Apareces abrazando a Santiago, el más pequeño de tus nietos. El muro de mi casa a se ha vuelto transparente, mis amigos tienen tu nombre y alguno de ellos ha llorado conmovido al saber que regresas y me das tu mano para salir del pozo, para cerrar esta novela que no tenía el capítulo perfecto que hiciera arder nuevamente la sangre.

 

 

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Lloras, Dragón. Serán tus primeras lágrimas de alegría desde que tienes memoria. Lo que era imposible se da vuelta y ves ahora como se va iluminando la tierra que creías perdida, cómo se yerguen los tallos de la flor nuevamente, como hace miles de años. Has sabido esperar. Ha sabido esperar ella también. El invisible hilo de la fascinación no se rompió en el vendaval. Llovió, tembló la tierra, desaparecieron pueblos enteros, cambió el orden mundial… y permanecieron ella y tú, desprendiéndose de lastres conforme pasó el tiempo. Lloras por cuantos no han tenido este día para escribirle su poema guardado entre las vísceras. Diste tu vida para que los hijos crecieran, para que el camino no les fuera difícil; levantaste la casa donde estuviste a cada minuto observando cómo se convertían en personas dignas y confiables… y no dejaste de tener su mano contigo. Llora, Dragón. Ella ha vuelto por sus flores, a darte este capítulo.

Ahora sabes. No tenías por qué desesperarte, por qué olvidar, por qué envilecer tu pecho. Norma te lo advirtió, recuerda: vendrá a tu vida todo cuanto has dado. Baglietto en el fondo canta: Sólo se tiene lo que das.

 

 

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Tres versiones de novela fueron necesarias para que Esmeralda acudiera a través de redes sociales. Cumplido el vaticinio de Norma, solamente resta ir a Las Rosas, a besarla y prometerle amor eterno, aunque sabes que morirás y morirá ella también. De cualquier modo, vale la pena surgir del fondo para tomar una bocanada de aire… por lo que haya quedado por vivir, y escribir hasta confundir palabra y vida, hasta amasarlas en una pieza que leerán trescientos años después dos niños sentados en el quicio de la puerta, incubando nuevamente el amor. Para entonces no habrá quedado nada sino estas páginas en las que el tiempo ha sido derrotado una vez más.

 

Ahora vendrá a tu casa, probará tu arroz blanco con filete de pescado y vino tinto y volverá a mirarte por si acaso te has olvidado un poco de esos ojos que te llevaron alguna vez hacia ti mismo, te pedirá que no te pierdas, que duerman juntos. Te quedarás a vivir entre sus piernas, entre su blusa. Habrás cumplido cincuenta y cinco y ella aprenderá a mecerse contigo en el mar encrespado de tu cuerpo. Descubrirá el indescriptible presente de la poesía, el placer de tus manos recorriendo su cuerpo ahora anhelante, conocerá tu boca y beberá cada palabra tuya que se ha vuelto indispensable, respirará profundo con el júbilo de sentirse parte de un vasto universo, de la risa de los niños y la tarde de sábado en Morelia, la ciudad donde suele aparecer el ángel del amor cada cien años.

Ya lo sabes.

Harás tú el resto… pese a ti  mismo. Regalarás tu vida y será el epílogo de una búsqueda. Luego vendrá el cochambre a posarse en la foto y ya no te parecerá tan bella, tan esperada. Pero llegará, la novela finalmente cerrará esta parte de tu vida para franquearte el paso hacia la nada, donde descubrirás que no tienes nombre, que hace falta alguien que lo pronuncie al quitar el postigo del presente.

Para entonces algunos de tus mejores amigos se habrán ido. La que esperabas, la que aparecía en sueños, se habrá convertido en realidad… y eso duele, duele mucho, Dragón, porque ahora sabes que las cartas del muchacho fueron quemadas, ella se había casado, había tenido tres hijos que vivían prendidos a su falda, incapaces de crecer y volar, impedidos por el desamparo el día en que fue embestido el auto del padre que murió a los pocos días. Tenías que venir y preguntar; querías saber y ahora es cuando lo sabes. El tiempo y sus grandes catástrofes se ha encargado de ofrecerte, treinta y ocho años después, la opción de olvidar y olvidarte… a tus cincuenta y seis. Larga ha sido la travesía y en este momento más larga te parece la mañana del regreso a la ciudad que amas, en la que reconoces las voces y el tiempo fluye suave.

Esta es tu lección de vida. Te fuiste de la Preparatoria cuando se fue Esmeralda. Empezaste a escribir, a hurgar en las palabras hasta convertirte en riguroso escritor. Dibujaste una y otra vez tus preguntas, hasta convertirte en pintor. Lo que había dicho Norma se cumple en una ciudad de agricultores encadenados a las grandes empresas y en la que el comercio de bagatelas mueve a la gente bajo la sombra del espíritu del Medievo y el narcotráfico asola la región, el país. Una catedral gótica preside la miseria de este pueblo supersticioso. Aquí creció, amó y tuvo sus hijos; aquí la encuentras, aferrada al Marlboro cada mañana, preguntando al firmamento, sin poder llorar ni gritar, sin saber a dónde ir, bebiendo brandy con coca-cola light y hielos hasta embrutecerse. Aquí la perdiste. La que ves ya no es a quien enviabas rosas dibujadas con paciencia y maestría.

Y el muchacho no está más tampoco.

 

Camina entonces hacia tu destino, que no estaba escrito aún y no era en este lugar ni había lugar para ti, ni tenías nada qué decir de la vida sino aprender, aprender, hasta rabiar, hasta perder cada uno y todos los átomos de la más perfecta ilusión que hubiera alguien fabricado como un timón al que aferrarse, como una bandada de gaviotas que te orientaría, como un pliego donde la historia de tu vida se reducía al aroma de septiembre, el poema de Jorge anclado al pie del Mirador en Pátzcuaro donde ya no está Alicia tu abuela, mujer que no precisó de tus lágrimas, de tu ánimo dolorido ni de tu vocación de artista para permanecer en la profundidad de tu ser.

 

No te casarías más. No volverías a creer. Había unos pinceles en el cajón de la memoria.

Lo demás… lo sabe Mayra que ha cumplido ya tres años y tiene dos hermanos: Sebastián y Jorgito, en tanto su primo Diego crece, crece, en tanto Ana pregunta en Messenger: ¿Papá, cuándo vendrás a Morelia?

 

 

FIN

 
 
 
CAPÍTULO XIV

 

 

 

Aseguraba El Viejo que no era un dragón.

 

Ahora vive en las páginas que nadie sabe quién leerá esta prolongada reflexión acerca del crecimiento de aquel niño sentado en su sillita, viendo lavar la ropa a mamá mientras se acerca la hora de cocinar para el papá que siempre es puntual en llegar; Invariablemente sopa de arroz con rodajas de plátano.

Quedarse sentadito observando los tendederos con las sábanas blancas goteando sobre el piso mientras pasan las horas y vuelve la hermana de la escuela y van las nubes de Toluca sombreando las casas, mientras mamá susurra una canción escuchada en la radio, con aquellos tríos de guitarra y voces afeminadas, canciones que escuchó la gente a lo largo de casi medio siglo.

 

No, no podía ser un dragón. Apenas le rascaban un poco la tecata y aparecía el niño llorón.

 

Ver aparecer las cosas como son a través del ordenamiento de las frases había sido una suerte de encantamiento, una práctica que se volvió casi una técnica, en la que escribir fue respirar, darle forma al aliento, nacida al terminar el verano en que Esmeralda partía de regreso a su casa.

Sin embargo era mentira, no en sí misma, sin embargo mentira, ficción, elaboración. En el texto jamás está la verdad sino su sombra y hay que penetrar en ella para que nos revele lo indecible como única posibilidad de anclarla a las cosas vivas, separándola de la imaginación. Cada una de las palabras sustituye una infinitud de intenciones, trasmutando los fragmentos en verdad de texto, decir en signos, toda vez que nos mantenemos lejos, muy lejos de una verdad unívoca. Bien, pues no hay tal cosa. El escritor elige la cara del diamante que ofrecerá en el texto y en adelante el texto mismo vivirá en una trayectoria separada del autor. Escribir una novela revela otra verdad: la de conquistar permanencia a través de una voz nombrando lo innombrable. Verse en una las posibilidades del artificio escritural. Pero eso ya se ha dicho, ya se ha escrito. La verdad en la novela no es la verdad de la verdad (esa entelequia para aburridos); la escritura establece nuevos sentidos, nuevas roturaciones en la imaginación, nuevos orbes se van encimando al palimpsesto del lector, en tanto el escribiente se libera de los vocablos. El lector entonces recibe una descarga intensificadora de su historia personal al devorar los despojos que ha dejado el escribiente. No hay nada más. El reverso es la vida, la vida toda, con sus incalculables historias trenzándose infinitamente. Una tarea, esta de escribir, digna de un héroe.

 

Y a qué viene El Viejo ahora.

Los sueños, materia del poema. El insomne recorta los grabados que encuentra con el anticuario –preferentemente aguafuertes- usando para ello unas diminutas tijeras que casi desaparecen entre sus dedos. Parsimoniosamente va reuniendo fragmentos de grabados, extendiéndolos en una mesa bajita, iluminada por una lámpara de buró. De noche. En alguna lámina encuentra la efigie de Su Santidad, en otra una garra de oso, un ala de coleóptero, unas pinzas de disección, un trozo de estómago, una cuerda…

Con las horas de la noche avanza la plétora de pequeños recortes, ora movidos hacia la derecha, ora a la izquierda. Por momentos deja esos afanes para escribir algunas líneas de lo que será el verso, sin perder de vista la mesita sembrada de imágenes impresas, que irán siendo elegidas para encolar y adherir. Varios pliegos a la vez comienzan a poblarse de una extrañísima sintaxis en la que ya no reconocemos el origen de las partes. La insensatez de esta labor le lleva varias noches. Cómo es que elige la noche para trabajar El Viejo. Duerme poco.

Al amanecer se recuesta en el sillón de la sala donde se han esparcido innumerables los residuos de aquellos grabados, meros rasgos de azabache estampados en pequeños papelitos. El verso se irá haciendo a lo largo del día. Este es el hombre que sabe que no soy un dragón y que cada sueño abre las puertas de nuestra amorosa locura, en la que todo cuanto sea reunido es inobjetable y maravilloso. El arte de trazar con las tijeras, como Matisse, como los niños, como la vieja escuela Dadá, es el arte del Viejo. Los collages son deslumbrantes, los versos son densos, nocturnales, como una inversión simétrica perfecta, como el empalme de dos lentes impecables y precisas.

 

Allí, en el sueño, es donde reside la mayor lucidez. Al relatarlo vamos desgarrándolo, con la torpeza propia de los homínidos. No sabemos contar un sueño. El Viejo emprende la conquista de su silencio a base de versos sueltos que también serán puestos a elegir el orden del poema. Nadie sabe de qué artes se vale El Viejo para obtener cadencia, sonoridad, contundencia y ligereza. Escribe con la mirada fija en aquella mesita donde alguna vez fueron puestos los elementos del misterio a hablarse entre sí. Llegó del Sur, del fondo de la tierra.

 

De sus sueños, de los sueños a ojos abiertos, extrae las alimañas inquietantes que muestra sonriente. Nada que ver con el diván del analista ni con el escándalo ernstiano; nada que ver con la mala conciencia. Sus sueños son transparentes; tal vez por ello nos fascinan y son fáciles de abordar, difíciles de olvidar. De haber preguntado él me diría porqué la casa en el bosque, éh, tal vez suene mejor el bosque en la casa, sí, pues es la casa lo que no vas a olvidar; es la casa lo que llevas a cuestas durante todos los años de tu vida, como el caracol de jardín. El bosque es la lengua o lenguas en que hablamos lo vivido. Eso diría él, esgrimiendo sus tijeritas filosas, tan filosas como la lengua.

 

 

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Que nada desaparece, dice Thich Nath Hanh, monje budista vietnamita, sobreviviente al Holocausto de aquellos años sesenta, de peace and love, Ginsberg y cabellos largos, Simon & Garfunkel y Buffalo Sprinfield. La continuidad de la vida –que llamamos realidad- es infinita, sin principio ni final. El mismo pensamiento está en aquella alocución del Buda: las cosas no aparecen y desaparecen de súbito, todo es suavemente continuo.

 

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No lo sabría decir. Una interminable serie de imágenes desperdigadas naufraga en la mesilla. El Viejo toma algunos fragmentos y los va integrando, siguiendo cierto dictado de la intuición, donde camina el chiquillo hacia los eucaliptos. Adhiere una textura de peces y trozos de instrumental quirúrgico al lado de una extensa piel de rinoceronte, dispuesto todo de izquierda a derecha, como un camino de vuelta. El niño apenas toca el suelo; el collage comienza a poblarse de rugosidades, partes del caparazón de un armadillo, hilos de joyería trenzándose horizontales bajo los diminutos zapatos lustrosos. A lo lejos va pegando más y más fragmentos, hacia arriba, completando árboles densos cuyos ramajes vistos de cerca muestran cabelleras, alas de mariposa, retazos de pulmones disectados, ojos y plumas. Los erguidos árboles eran y no eran conglomerados de restos de navegaciones o evocaciones nocturnas de viajes sin término. Hacia allá camina el niño.

 

Otros collages tienen la urdimbre del lecho del río en invierno, polvoso y sin agua, mostrando las raicillas en las paredes, todo hecho con trozos de maquinarias insólitas, piezas de artillería, telescopios, manijas. A veces los camaleones espinudos estaban armados con bisutería y manos arracimadas. Ver aquello conducía indefectible hacia el sueño, hacia la tierra de nadie de una totalidad abrumadora, que dejaba de ser un tramo del arroyo para convertirse en una narración audaz de atmósferas cada vez más intrigantes. Sin embargo, era la zanja donde se metía a jugar el niño, donde era feliz sin duda, la misma.

 

Y era también un ave nostálgica dentro de un reloj, mirando el horizonte, donde se alcanzaba a ver venir la silueta de una odalisca. Así tenía cifrados El Viejo los meridianos de la novela. No quiso hacer un paraíso de árboles abrigando la soledad de un niño de ojos grandes. Quiso hacer un laberinto donde fuera posible el encuentro con Esmeralda, vuelta un ave de perfil con un elegante monóculo en la mano derecha. Bajo la garra una estrella de mar levantaba sus tentáculos, en tanto del cielo bajaba colgada de un hilo de seda una fina crisálida.

 

Leer sus collages fue lo que originó esta novela. Arrancarle al Viejo su silencio, su hermetismo desmontable, su sabiduría. Así fue descubriéndose en los pliegos que iba dejando terminados como al descuido; y había un muchacho que lloraba recargado en el colmillo de un mamut colocado en un gran zócalo cuya luna al mediodía se replicaba en el cielo claro, mientras pasaba una mujer madura empujando una carreola.

Se vio. Una y otra vez. Y vio el rostro de su padre en aquel muro de piedra que tenía pequeños orificios que si te acercas son ojos, ojos de mujer, de hombre, de niña, de niño, de viejo, de camaleón, de escotilla, ojos infinitos sembrados en un muro elocuente colocado en una extensión desierta sobrevolada por elegantes manatíes. También se encontró con el Papa y el Anticristo, con el Regreso al País Natal, con La mujer y el león… y con la piedra angular, ese collage que tiene en la base un batracio (¿Y si fuéramos el sueño de un anfibio?) y sobre él toda la civilización y la barbarie.

 

Y la orilla del mar. El Viejo había atinado a meter el mar en el pecho de un anciano que trataba de engullir un pulpo gigantesco. En ese trecho de mar, lo que es el ancho de una camisa, estaba todo el llanto. Entonces supo, de golpe, que El Viejo sabía y estaba contando su historia. Eso hacía. La escritura había atracado en los retazos de aquellos grabados al aguafuerte, donde todos los mares se mecían con igual estruendo. Y lo prefería así. Era mejor así, habitando en los ángulos de cualquiera de los collages de aquel demonio que había llegado de ninguna parte; sonreía al recordarse atrapado en la insospechada genealogía de seres que parecían volverse hacia él cada vez que se acercaba a los collages de El Viejo.

 

 

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-Al principio creí mía esta novela, fiel como  un espejo.

-No sabías de la existencia del Viejo y sus maniobras secretas.

-Nada sabía, hasta que desperté una noche en mitad de un sueño y caí en la cuenta de que cualquier historia ya ha sido contada. Te confieso que en los collages del Viejo hay más de mi vida que en mi vida misma. Me ha enviado un libro con cincuenta de sus creaciones y sigo viéndome transitar ahí; nada está suelto, amor.

-Como la vida de cualquiera.

-Irrefutable.

-Como respirar.

-Justamente.

-Es un largo rodeo el que has hecho ya ahora te encuentras convertido en un signo gráfico, una señal que otro dejó en algún grabado.

-Y pensar que El Viejo solamente sonríe. Qué misterio es esa sonrisa. Cuando especulan acerca de la sonrisa de la Gioconda recuerdo la malicia de El Viejo, dispuesto a desmenuzar los aguafuertes a tijeretazos.

-El alfabeto de su imaginación, esta casa en el bosque.

-El bosque es la casa. El Viejo sabe. Sólo sonríe quien sabe que sabe.

-¿Y las Crisálidas?
- Islas en el tiempo. Lo dijo Carlos. Pero esa es otra historia…

 
 
 
CAPÍTULO XIII

 

 

En la vigilia habían cambiado muchas cosas mientras caminabas en el fondo de tu mar, donde aún dolía la ausencia del padre a quien tenías que hacerle algunas preguntas y pedirle mil perdones, lo mismo que a tu madre que envejecía en el puerto, distante de su origen uruapense. En ese fondo veías pasar tus fantasmas como anémonas o peces celacántidos, como si fueras quien yacía en aquella pecera que un verano te abrió la vida en dos.

Las Crisálidas esperan, a medio hacer, colgadas de los muros de la casa donde viniste a ordenar las piezas, a tensar el hilo de la madeja para enovillarla perfectamente. Después de todo, la doctora Carmen tenía razón: había que poner orden en tu vida. Los hijos crecieron, hermosos, responsables, cariñosos, al lado de la madre amorosa, inolvidable.

 

 

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Una ola de violencia azota el país. Hay quienes pensamos que no será eterno, que pasará, que volveremos a las calles sin temor. Está preparándose un nuevo país y nadie sabe a ciencia cierta cuánto tiempo llevará levantar el ánimo. Casi nada queda de lo que creímos posible y lo que fue imposible se ha enturbiado hasta perderse. Quienes pueden emigran a otra parte. Quienes nos quedamos seremos testigo de un tiempo aciago  Nada sé de lo que dejaremos a las generaciones que vienen; solamente espero que no sean más campos disfrazados de escuela, campos donde el pobre es el perdedor y si es niño tanto más conveniente, más explotable, más cómodo.

 

 

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Cuando hablamos de tigres de papel ignoramos lo fieros que son. Qué fue de Mirena, que ahora publicará fotos de sus hijos y sus fiestas en las redes sociales; tendrá los mismos bellos ojos de la niña, aunque no, no será la que amé a los ocho años. Y Robus, en la Universidad, ya superado el cáncer. Y los demás en su sitio. Rafa pintando. Tsering dedicando el tiempo a estar con la petiza, la que no se fue luego de fallecer el padre, y a enterrar a su madre antes de irse una vez más, huyendo de sí misma, sin haber sabido dónde poner su amor, como las personas temerosas de perder y estar equivocadas, en busca de su propia voz, perseguida por su soledad, hacia ninguna parte. Yo he ido al encuentro del muchacho atolondrado que solía deprimirse cuando las cosas no salían como él quisiera, justo como hacía mamá en el Sagrario de aquel pueblo devoto, solo, en esta casa de renta cara.

 

Papá no está. Y a él dedico también esta escritura. De vez en cuando me duele la cintura, quizá en memoria de él, o quizá porque a los cincuenta y cuatro el cuerpo acusa su desgaste.

 

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 Lo que ha de suceder sucederá.

 

 

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Cercené varios capítulos.

Uno donde los artistas locales asisten al opening de una exposición de pintura y otro donde el Dragón busca afanosamente a Esmeralda hasta no encontrarla. Quise abundar acerca de la violencia en el país, aunque luego desistí por ser demasiado obvio el desencanto y la pérdida de una memoria que es muchísimo más que contar cadáveres.

También saqué un capítulo irónico acerca de los Nicolaitas, seres oscuros que fundaron la Universidad donde antes se formaban clérigos; estos veneran un corazón verde y dicen que es del prócer de la Reforma y cada aniversario ensayan a hacerlo mejor, son fabulosos (allí está el corazón de Ocampo, en el Colegio de San Nicolás).

Y, por último, pero no menos importante, saqué el capítulo donde una amiga me llama por teléfono para pedirme le parta la madre a un poeta mediocre; casualmente este personaje fue amante de Tsering, la que no quería vivir. La supresión del capítulo obedece a que no me es grato enumerar los esperpentos de la ciudad, abundante en ellos, pues con el Vampiro y Robus es suficiente.

 

Omití un capítulo donde el Dalai Lama viene a México, luego de leer a Velasco Piña. Evidentemente, el acrecentamiento en occidente del budismo es el evento más importante de los últimos días, una vez que China Popular ha liquidado los vestigios de lo que llaman una teocracia inadmisible y decretado la razón de estado acerca del Renacimiento (reencarnación, para occidente), por encima de la soberanía de Tíbet. Ahora mismo Marco Antonio Karam representará a nuestro país en Londres como portador de la llama olímpica, acompañado del tristemente célebre Alex Lora, payaso de los jodidos. Entre el carnaval y el espíritu…

 

Me impacté imanes en el cuerpo. Es una técnica no bien vista por los médicos. El doctor Goiz (creador de esta técnica) dice que ha atendido a decenas de miles de personas con éxito (lo publica en sus libros) y he visto cosas asombrosas, incluso enfermos de VIH sanados con sus tratamientos. Luego de una tremenda “crisis curativa” decidí volver a consultar a mi médico internista. Aún no entiendo la irresponsabilidad de algunas gentes que, sin un carajo de nociones anatómicas y fisiológicas se atreve a ofrecer los servicios de biomagnetismo y suplementos gringos mágicos y carísimos. Goiz mismo ha escrito que solamente lo recomienda a la comunidad médica.

 

 

 

 

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Hace unos días recibí uno de los más preciados regalos, de parte de gente que quizá no veré nunca. Una súbita alegría invadió mi ser; en ella no había dolor ni preocupación y mi parte física me producía risa por lo empequeñecida que se había vuelto. Por espacio de una hora estuve en un estado de júbilo indescriptible. Eso es el poder de la oración. A veces viene a nosotros un aroma de rosas, o una luz visible a ojos cerrados… no sabemos quiénes oran por nosotros. Es cierto, en este mundo hay ángeles, y no son solamente metáforas amorosas o pinturas al óleo en un templo.

Años atrás percibí un intenso aroma de rosas en la nave del templo de San Juan, en misa, y allí no había una sola rosa.

El espíritu, del que sabemos poco y entendemos menos, se manifiesta, humanizándonos, empequeñeciéndonos.

 

 

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De vivir mi abuela Alicia se sorprendería. Cuando decía para sí qué será de este niño no hubiera imaginado al pintor, al escritor, caminando hacia sí mismo, con la casita en el bosque bien resguardada bajo la epidermis. Abuela, abuela, soy yo, le diría. Ella tantearía en la sombra para tocar mi cara. ¡Eres tú!, diría.

 
 
 
CAPÍTULO XII

 

 

Mercedes se suicidó. Un día antes vino a casa y habló con mi mujer. Deja de pensar en pendejadas, alcancé a escuchar. Bajó las escaleras y Mercedes se quedó arriba, dormida. Horas después se despidió. Al día siguiente llamó Carlos para darnos la noticia. Tragó somníferos. A los padres les ocultaron la verdad. Murió de infarto, oficialmente. Era obsesiva, dice la comadre. Es muy fácil descalificar y decir que se equivocan los suicidas; el dolor mental es mil veces peor que el físico; una persona se suicida para pedir ayuda pues todos los caminos se han cerrado. La última puerta que tocó fue la de esta casa… y le dieron con ella en la nariz.

Lejos de la culpa, pienso en ella como una muchacha que esperaba demasiado de este mundo. Sus hermanos la escucharon muy poco y el padre fue demasiado distante y hostil. Su madre sólo lloraba. Se marchó. No supe que había venido a despedirse. Nadie habla de ella. La han echado al olvido. De los que sobreviven únicamente Lupita tiene ese anhelo de vivir que brillaba en sus ojos. No la considero una heroína. Era mi amiga. No la olvido. Pusieron un estigma en su memoria y les da miedo hablar de ella. Pareciera que aceptar el suicidio les desprestigia. Dicen que es un tremendo egoísmo el del suicida. No lo creo. El sufrimiento es indecible.

Hay personas incurables… nada les duele.

 

 

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Con toda seriedad me habla de Cuevas. Imagínese, me dice, estar en contra del muralismo mexicano, principalmente de Siqueiros. Pensé que bromeaba; aún hay quien pondera al coronelazo, que creyó tener en la bolsa la única ruta del arte mexicano; pintura concebida con una conciencia demagógica en la que el muralista se erige en apóstol de los desamparados, único ser capaz de interpretar los signos del devenir; el muralismo mexicano es uno de tantos alardes machistas de nuestros gobiernos grandilocuentes e insulsos; la patria, un discurso de poder, una invención romana, un espantajo suplantando a todo un pueblo. ¡Cómo no iba a burlarse Cuevas! Pensándolo bien, no teníamos que hablar de él y toda la filogenia de sujetos que se inconformaron con los tres monstruos decoradores del nacionalismo patrio. Es del estado errático mexicano de lo que debemos hablar. Pero no; el señor solamente quiere mostrarme sus lecturas de la revista Siempre!, y el suplemento México en la Cultura, y enseguida se va de la exposición. Al pasar ante una pareja de viejos la señora me abraza y el señor me ofrece una mano cálida: están contentos. Dos jovencitas se acercan a felicitarme, ríen nerviosas. 

Mis grabados quedan en ese patio techado con un excelente domo. Me gusta esta gente de provincia, que se acerca a las obras con la limpieza que ya no tienen los capitalinos sabelotodo. Esta misma noche soy entrevistado en la radio por una joven muy inteligente, rara avis de locutora. Volvió a suscitarse el nombre de Cuevas. Entonces quiero hablar del grabado como una alquimia a la que recurrimos los dibujantes natos, para calar en la placa metálica una lengua que no todos hablan y roturar el zinc, el cobre, como si fuera un lance definitivo en el que las líneas alcanzan la intensidad de nuestro espíritu... Vienes a la radio y no sabes qué decir. Ella lee mi currículum y dice algo de José Guadalupe Posada, un lugar común. Entonces ya no hablamos de Zalce, Leopoldo Méndez, Alvarado Lang, Mexiac y una extensa tradición de grabadores de la especie folklórica grata a los gobiernos y nos ceñimos al tiempo de ahora, donde ya no se precisa otro Hijo del Ahuizote, pues los políticos se han vuelto cínicos.

Durante una hora hablamos. Delicioso. Suave. Creo que seguiré saliendo a la provincia, donde nadie me conoce y soy bienvenido. Es muy sabido el hecho de que vas a otra tierra y te reservan una habitación de hotel, realizan un protocolo de Inauguración y te abren la puerta. En tu ciudad jamás sucede nada parecido, porque eres de casa, porque te ven tomar café en el Portal, porque eres hijo de vecino; no serás entrevistado por los medios y nadie dará cuenta de tu presencia en la ciudad (un día Carlos preguntó si a alguien le importaba que el poeta hubiera desayunado). Es la última de tres exposiciones en Guanajuato, en salas pequeñas, con gente desconocida y amable. No veré en mi ciudad algo parecido; más bien soy convocado a ilustrar el manido Bicentenario de la Revolución de Independencia o el Centenario de la Revolución Mexicana. Nuestros gobiernos siguen creyéndonos estúpidos o menores de edad (en el mejor de los casos).

 

 

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Me fui en verano a conocer el mar, con una pandilla de desconocidos, en una camioneta amarilla de Obras Públicas. Luego de ocho horas de carretera, sudor y cansancio, llegamos. Conocer el mar. Al regreso me deprimí. De verdad me quería quedar a vivir a la orilla del mar. Los niños lloran de regreso del mar. Así yo, con veinte años, lloré porque me pareció imposible soportar lo lejos que estaba aquel estruendo del agua reventándose en la arena y la fascinación del agua densa que me levantaba. De un verde azulado, el mar se convirtió para mí en una promesa. Las gaviotas vuelan al ras de las olas y hay unos pájaros que picotean en la resaca, evitando el reflujo del agua. Oler el mar. Me pasé el día mirándolo mecerse como un solo organismo, brillante, cadencioso.

Me iba para no ver a mi padre, parapléjico, sin poder hacer nada por él. También me fui a Monterrey, como joven valor de la cultura, y a Toluca. Otra vez me fui a Manzanillo con dos amigos. Anduve huyendo. Dejaba a mi padre con mis hermanos menores y regresaba a los tres o cuatro días. El dolor no lo puedes dejar en ningún lado, por más lejos que vayas. Cavafis dice que es la ciudad. Es el dolor, Constantin. Cuando en la fila de pago me llaman aparte y el contador me dice el director quiere hablar contigo; entro a su oficina y un señor obeso me dice siéntese joven (iba en Secundaria) y me siento en un sillón de piel negra que me queda muy grande: es el último pago que vamos a hacerle a su papá. Unos días después, el director del IMSS me dice: joven, nada se puede hacer por su padre; dejaremos de enviarle al médico.

Eso trae desconcierto, rabia, decepción, impotencia. A los trece años no supe qué hacer. Mi padre sonrió con amargura. Ya se había ido mi madre al puerto; hasta ese momento éramos una familia. Luego la diáspora. A dónde huir. Uno a uno nos fuimos yendo de mi padre. Primero Arturo, luego Alicia, después yo –que regresé varias veces- y finalmente Irene con su niña de cuatro meses de nacida. Juan, Adrián, Isaac, Cuauhtémoc, se quedaron.

 

 

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Sólo volví a ver el mar hace dos años, en Playa Azul, donde me contó Sigifredo la leyenda de un asesino que murió de espanto: un anciano llegó a beber agua del arroyo; viene un jinete y le dice no bebas de mi río, ese río es mío; el viejo bebe; te mataré porque has bebido de mi río; bien, dice el viejo, si me vas a matar, hazlo; en aquellas tierras hace calor y cualquiera busca saciar la sed; el jinete, conocido por su brutalidad, dispara contra el viejo, que cae. Allí queda el cuerpo del viejo, mientras se va alejando el matón, ufano de su crimen. Los parientes del anciano lo recogen, luego de buscarlo afanosamente, llevan el cuerpo y lo sepultan; luego van a ver al brujo de la comunidad, que les dice tráiganme una foto del finado; le llevan la foto y les pregunta cómo es el asesino. Todos conocen al infame. Bien, váyanse a su casa, yo me encargo. El malhechor llega a un lugar donde pide de comer y le sirven al instante; en ese momento aparece el viejo frente al hombre dispuesto a devorar las viandas: tú ya vas a comer y yo qué… el sujeto pela tamaños ojos y le grita tú ya estás muerto, yo mismo te maté; deja la mesa servida y pide un cuarto para descansar el homicida; al quitarse las botas y tirarse en el catre vuelve ante sus ojos aquel viejo victimado diciéndole: tú vas descansar y yo qué… así que el hombre se va del lugar, maldiciendo al viejo. Pasan los días y el matarife no duerme, no come, no descansa, deja de cabalgar y va secándose, vociferando contra el anciano que no cesa de aparecer en todas partes. Así fue como murió aquel que se creyó dueño del arroyo y de la vida de la gente que se cruzaba en su camino.

Nos lo contó mientras comíamos bajo la enramada. El mar tenía un color plateado, fulgurante.

 

 

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Ya no hay tren de pasajeros.

 

 

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Iba despacio el tren. Dentro del vagón era como una casa, podías correr y jugar. Te asomabas a la ventanilla y veías la nube de humo que iba dejando la máquina. Al cabo de un rato el traca-traca se volvía imperceptible. Los asientos estaban confrontados y las gentes se animaban platicando. Eran largos los viajes en tren y las estaciones estaban en la orilla de las ciudades, así que eran paseos por el campo y veías los sembrados, el ganado, la gente laboriosa, los llanos, las lagunas, los ríos, los silos de grano, las yuntas arando, las bandadas de pájaros, las nubes, los lejanos cerros azules. El cable del telégrafo corría paralelo al tren y el cableado eléctrico con pajarillos posados en el hilo infinito. Podías dormir acostado en los asientos. Había quien daba la voz de partida y la de llegada, gritando el nombre de los pueblos donde paraba el tren. En cada población subían vendedores que olían a tierra, a tortillas recién hechas, a fruta, a pescado. En el tren conocí las alegrías de amaranto en forma de bolita y la palanqueta de cacahuate, la cajeta en cazuela de madera, los ates de Morelia.

 

 

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Por qué veo ángeles en ciertas mujeres.

 

 

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En la pintura bizantina hay una forma recurrente. EL Pantócrator. El que todo lo ve, el que todo lo puede. Una imagen imponente que abarcaba todo el espacio en los ábsides de las antiguas basílicas, donde los romanos recaudaron los impuestos. Jesucristo se hubiera carcajeado de la metamorfosis de estos centros financieros. El ábside es un área excelente para pintar: lisa, monumental, frontal a los fieles. Esos cristianos sí que supieron reutilizar aquellas moles arquitectónicas ¡Sin construir! Eran tan hábiles los cristianos romanos que reutilizaron los obeliscos, poniendo sus estatuas en la cúspide, donde otrora había patricios…

En los antiguos Pantócrators no había ángeles sino, invariablemente, cuatro evangelistas y sus símbolos: Marcos, Mateo, Lucas, Juan (león, hombre, toro, águila). El fondo era dorado, propio del Medievo. Ese oro laminado, adherido en el muro es el topónimo del Paraíso. Sobre este se iban recortando las figuras de los evangelistas, aunque también el oro es opulencia y no hay verdad que no resplandezca como el oro aún en la oscuridad. Bizancio, la cristiandad de Oriente, lucía el oro. Los ángeles llegarían con el triunfo irrecusable de la Iglesia renacentista, sobre todo la catedral, cuando el oro florentino subsidiaba las guerras en Europa y no había reino que no debiera a estos usureros de Dios. Más ángeles llegaron con el barroco y el éxtasis de Santa Teresa. Mujeres transfiguradas en seres metafísicos, paradisíacos, inverosímiles. Ver el rostro de la mujer amada y ver el ábside antiguo con la superficie dorada repleta de ángeles ingrávidos es eso mismo, asomarse al Paraíso, el único posible que en Bizancio terminaba en una tapia. No atino a definir esa incursión en la niñez, cuando las cosas se mantienen en pie gracias a esa forma  de abrir los ojos. Allá estoy, mirando fijamente cómo se va poblando la mujer de realidades inconcebibles, cambiándole la voz, el contorno del rostro, la cadencia al andar; comienzo a soñar despierto y veo ante mí una interminable sucesión de maravillosas visiones que me llevan de nuevo a la nave del Sagrario ya sin mamá llorando, ya sin cirios encendidos ni resonancias de pasos o murmullos agigantados por el espacio acañonado en el que se han ido quedando las súplicas, el incienso de copal, los padrenuestros, las bendiciones, el agua bendita evaporada, el fervor de los inválidos, la paciencia de los incurables, la benevolencia de las vírgenes con la casi sonrisa que consuela a muchos, todo ello hace lugar a una patria íntima, suspendida, vaporosa, un paraíso que no tiene otro sendero de acceso que el párpado de aquella que se queda una fracción de segundo en mi pupila, la mano que detiene su vuelo para despertar en mí un ligero temblor en el pecho, la cadera de una mujer, el pelo, sus pies, cualquier cosa femenina aproximándose inexorable. No me sé mantener en pie ante el prodigio. Camino con cautela para no ser presa de la transfiguración. Ninguna ciencia me ha convencido de que no es verdad, ninguna advertencia, ningún aviso de peligro; todo ha sido inútil y he terminado por rendirme.

 

Con los años he llegado al final de mi búsqueda, donde encuentro un gran silencio transitable. El rostro de la abuela hablándome se funde gradualmente en la corteza del eucalipto, dando paso a un diminuto escarabajo transparente y dorado, inmóvil en la tarde. Es la tarde callada por un instante breve, lo suficientemente amplio para guardar cincuenta y tres años de búsqueda, la que permite entrar a mi propio silencio, hecho de girones de palabras impronunciables y tenues imágenes de niños trepando el cerro desde donde ensayar el vuelo de las garzas, la liviandad de las nubes, la ingravidez etérea del aire y subir, subir, subir como hoja de papel… Así, cuando debo pisar la tierra firme, digo mi nombre, mis apellidos, mi edad, mi lugar de origen, mi sexo, mi genealogía, aunque sé que todo eso ha quedado en otra parte.

 

Buscaba ángeles. Algo tenía que preguntarles. Sorprendentemente, pierdo el habla cuando creo haber encontrado alguno. Es cuando invento la historia de mi vida y voy acercándome despacio; el tiempo deja de ser válido, como sucede cuando estás ante el oleaje del mar. Cada vez que me sucede quiero regresar a la casa en el bosque, la casa de la abuela, que no está donde mismo; un espacio dorado como un ábside preside su ausencia.

 

 

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- Qué vamos a hacer. Nuestra vida pende de un hilo incierto. Hay muchedumbres que esperan que se legalice el consumo de cannabis; sabemos que la prohibición trae consigo el tráfico ilegal y violento. Aunque ya es irrelevante la cannabis. Ahora hay drogas muchísimo más peligrosas y su tráfico trajo consigo un alarmante índice de violencia. En un país mayoritariamente miserable las formas de vida se han convertido en verdaderas amenazas. De nada serviría que legalizaran la cannabis. Perdieron el control de la compra de armas y es ahora para todos difícil saber si regresarás a casa, con tanta gente armada en cualquier parte.

- Nada. No haremos nada. Hay quienes sabemos que esto pasará, que pasaremos todos, que nuestra vida es el interior y es allí donde buscaremos qué hacer. En el peor de los casos esperaremos. En el mejor… nos iremos a vivir a otra parte. Dentro nuestro hemos de encontrar la armonía y la paz firmes, que nos permitan respirar. Todo lo que necesitamos es respirar con serenidad. Al morir, en el momento preciso, sabremos que eso es lo que teníamos que hacer. Respirar.

- Y dejaremos el mundo en manos de los malditos…

- No sabemos. Llegué a pensar que la cortina de árboles que rodeaba la casa sería eterna y que mis años pasarían allí. Ya ves que no es así. Nacerán otros, tal vez más hábiles; ellos sabrán qué hacer con el mundo. Nada es nuestro, si es lo que te preocupa.

- Trabajamos, pensamos, amamos. Tú pintas, escribes. Eso es tuyo.

- No tanto. Solamente estamos dialogando en la oscuridad con seres desconocidos. Los que conocemos poco quieren saber de lo que decimos. Pareciera que estamos esperando a que la tierra madure los frutos de nadie nunca nada, como diría Saer.

- No puedes decirme eso, Dragón…

- Lo he dicho. Si no lo entiendes te lo vuelvo a decir. Somos seres inútiles, improductivos, parias. Aún así, necesarios.

- ¿Inútiles y necesarios?

- Como el error.

- …

- No te sorprenda. Un pintor o un escritor puede llegar a convertirse en un hombre rico, sin hacer prácticamente nada útil. Te lo explicaría, pero no me queda tiempo, debo ir al jardín a ver el arcoiris y luego, si para la lluvia, esperar a alguien.

- El ángel...

- Podría ser la primera vez que dejara de ver alas en una mujer.

- O podrías desandar, ya con los ojos limpios de lagañas, y reconocerla como la que siempre estuvo ahí, esperando ser reconocida.

- Podría ser, y si tiene aquellos ojos bajo los que me sentía elegido de la fortuna…

 

Me fui de allí. En la última de las páginas quedaba ella, escrita como una presencia leve, casi imperceptible. En mis manos llevaba el manuscrito para entregárselo como un regalo.

 

 

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Cuando regrese al puerto su madre le dirá m’hijo te veo contento. Será suficiente para comenzar a contarle que ganó su corazón con la novela de su vida, aunque no quedara ya más que una escritura, que para él es suficiente. Lo logró cuando todo parecía perdido y trozos de sueño le decían palabras que no había escuchado en ninguna parte una vez que dejara para siempre la casa en el bosque de la abuela, sus miedos y la sensación de no estar en este mundo. Eso es la escritura: la vida, más la intensidad de lo efímero.

Entretanto comenzó a desmoronarse la realidad para dar paso a una vida simple, tan simple como el brote de un tallo desde la gémula, como el abrirse la crisálida. Viviría para verlo, para despedirlo. Adiós, Dragón, adiós Frankenstein, adiós muchacho. Ver, ser el único testigo de cuanto va desvaneciéndose como el humo de un tren alejándose, sin animarse a estirar la mano, sin parpadeos, ver aquello que es imposible de solidificar en el presente. Quizá fuera lo único aprendido fuera de casa. Gradualmente la vieja costumbre de angustiarse fue desapareciendo de su pecho. Era la hora entre la tarde y la salida de la luna enorme y rosada de inicios de marzo; un satélite frío que asciende iluminando la noche inminente. Venía bajando la cuesta y vio el ojo glauco, al principio difuso, velado por el reflejo de la tarde.

Le dirá que fue aclarándose hasta cobrar un color perlado en el horizonte púrpura detrás del cerro. Se había ido el frío, conjurado por la carita sonriente de Mayra, hija de la hija, sangre de su sangre. Cualquier dolor, cualquier saldo por pagar, cualquier voluta de polvo, eran ahora asimiladas al pasado, que parecía tan remoto en la tibieza de marzo como puede serlo el sendero que conduce al mirador allá en Pátzcuaro, en 1963, cuando estuvo, a los tres años, para ver morir a la abuela.

 

 

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Respira, respira. Acudió a sentarse junto a otros, a respirar, a reconocer el aire de todos, una vez que ha dejado en el blog la novela –que no la biografía- en la que se vacía una vida llena de vidas, si no de mundos. No quiere publicarla, vulgarizar la consistencia de su memoria para ganar unos pesos. La novela se queda en el blog, donde se leerá o no se leerá. Mañana en cada casa habrá una PC y nadie tendrá que pagar por leerla. Aún le queda por aprender las sílabas del lado perdido de su respiración. Que respirar es lo único que hacen los seres, desde el plancton hasta Stephen Hawking. No quiere quedarse afuera. Intuye que hay algo para él en el acto de meditar, conocer, despertar. Una vez escrita la novela sólo queda por hacer algo totalmente nuevo, tan nuevo como antiguo: respirar.

¿Es eso la vida? No, evidentemente, sino su interrogante. Alguien responderá, en cualquier esquina del tiempo, al bajar el archivo; quizá un enamorado, quizá una bella mujer cuidando nietos que aprende a escribir haikús, quizá un viejo. Alguien lo hará, tan cierto como que yo también moriré.